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15 de octubre de 2009

OJALÁ NUNCA VUELVAS


No le volví a ver, después de aquella noche.


Huyó amparándose en la penumbra, antes de que los primeros rayos del sol me hicieran despertar por undécima vez. Salío de la casa a escondidas, como un bandido, como solo lo hacen los cobardes; aún no sé bien por dónde se pudo introducir, no lo hemos descubierto.


Tan solo el resto de su huella dentro de mí. Allí en donde estuviera, cargaría con el peso de la prueba del delito en su propio cuerpo. ¡Le maldije! porque nadie sabría jamás de lo que era capaz ese inmundo ser, portando en forma de ADN los restos de la fechoría. Prefiero no pensar en ello, empiezo a mirar hacia los lados, buscándole, me asusta que pueda estar escondido en algún rincón, esperando a que caiga la noche, y que vuelva.


Transporta esa cadena en secreto, como un trofeo; nadie se dará cuenta, porque sabe disimular, y espera paciente a que te confíes. Sabe atacar, sabe cómo, cuándo, y en dónde hacerlo.


¿Qué más puedo decir? Creo que aprendí la lección. En cuanto el primer rayo de sol me despertó, y entendí que todo era real, que no había sido un sueño, supe que tenía que actuar, y rápido, antes de que anocheciera.


Así, antes de tomar el primer café de la mañana, me froté el brazo hinchado y dolorido, y anoté con rabia en el papel arrugado: Repelente insectos
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de Fragmentos

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