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28 de noviembre de 2010

LA LISTA DE LA COMPRA

Limpieza de papeles,  nuevas lecturas que añado a las actuales, listas de tareas pendientes -que cuelgan del balcón con más gracia que las propias plantas-.  No me ahogo, porque aprendí a respirar bajo tierra. Ventajas de ser un "topo"...

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Salgo resuelta de casa a media tarde, tras comprobar que la buena mano de la que presumo para asuntos electrónicos  me ha abandonado. Como mi dios, que está de vacaciones.

He perdido la mañana durmiendo, recuperándome de las peleas que he mantenido conmigo misma durante dos días. Me recobro enseguida de mis neuras diarias, qué remedio. Hay que mantener una cierta compostura,  para que el mundo no note que yo también soy humana.

En mi lista, reza:
- cambiar pantalones (los compré sin probármelos antes -detesto las colas, los probadores mínimos, y los suelos sin enmoquetar-).
- Ponerme al día en productos de tecnología punta.
- Hacerme con el nuevo libro de John Banville, que quiero terminar el domingo por la noche, o sea, en 24 horas.  Nada.
- Pizza Dr.Oethker .  Las únicas pizzas artificiales que soporta mi estómago.
- Pilas recargables (¿aún no las han inventado para humanos?)

Mi cabezonería reta a la ley de probabilidades, y me dedico a dar varias vueltas a la misma manzana.   Al tercer intento ya me siento como Jesulín cuando muestra el rabo del toro (¿hacía falta aclararlo?) a la multitud congregada en la plaza.  Con la pequeña diferencia de que a él le tiran la ropa interior, y a mi tan solo me espetan con bocinazos.  Al mínimo descuido será otro el que se lleve el sitio vacío, así que me tomo mi tiempo.
Consigo aparcar al fín, y aunque consciente de que el saber no ocupa lugar, me pregunto qué servicio le voy a dar a la lista de  matrículas que he memorizado en mi paseillo por el ruedo.

Espero no tener que hacer uso del maletero pues lo suyo con el  fiat color amarillo que se le pega (¿o ha sido al contrario?) en la retaguardia tiene toda la pinta de ser un amor a primera vista.  Para gustos hay colores, y en temas de parejas no seré yo quien se meta. 
Cierro la puerta a dos mando-dings y compruebo que el cierre autómatico funciona de nuevo.  Nunca me he acostumbrado a estos cierres;  me recuerdan al maletín de la señorita pepis, y a la confianza depositada en aquellos candados en miniatura de los diarios infantiles, creyendo que así nuestra intimidad era poco menos que inviolable. 
Los hay que aún pasean esa inocencia en los aeropuertos, y se sienten seguros con esos candados de juguete colgando de sus maletas de diseño. Sonríen con confianza, como si arrastraran la caja fuerte del Banco de España.  Si es que no aprenderemos...

A unos cinco metros escasos y entre el batiburrillo del gentío, llaman mi atención  dos cabezas que distingo desde esa distancia,  me producen sensación de familiaridad.
Enfoco la mirada con más atención.  Les conozco, vaya que sí,  oh virgen del abrigo de pana, arrópame bajo tu paño (versión coplera del trágame tierra de toda la vida) .

Maldita sea la hora en que los objetos de mi curiosidad se sienten observados y pasan a convertirse en espectadores de mi desconcierto. 
Ellos, y la transeuntada viviente de un sábado tarde pre-navideño al completo,  que de pronto rodean mi coche como si de una tómbola callejera se tratara.  Entre una mezcla de curiosidad-espanto-diversión se tapan los oidos, unos, mientras otros ponen cara de haberse metido en la boca medio limón a pelo.   
¡No, otra vez no!! La alarma anti-atraco se ha disparado, y con los adelantos que me recomendó uno de los mecánicos del taller, ahora también se pone en funcionamiento la radio a todo volumen -para qué escatimar en vatios-, compartiendo la versión salsera de Titanic con el aforo que en esos momentos pasea por el centro comercial de Barcelona.  No me falta más que la cabra.

Apunto en la lista mental matar al encargado del taller, lentamente, en modo tortura China, por permitir la genial idea.  Me aseguró en tono confidencial que cualquier ladronzuelo saldría corriendo, si en vez de mono de trabajo le pones un traje, es igualito que Don Johnson.  Con el mismo halo de macarra trasnochado.   No dudé que aquel montaje funcionara a modo de arma disuasoria para los cacos, pero me temo que en este momento casi me alegraría de ver a una pandilla de hombrecitos con medias tapándose la cara que me llevaran muy lejos de esta acera.
Es inútil esconder la cabeza detrás del minibolso, pero intento despistar a los presentes imitando los movimientos del pequeño saltamontes, yo toda natural guardando las llaves al tiempo que lucho con el mando-dong.  Compruebo que estoy en forma, ni en el Circo del Sol.

Inhalo tanta contaminación como me cabe en los pulmones y me escondo de forma absurda (otoño, siete de la tarde, Lorenzo hace tiempo que desapareció) tras las amplias gafas de sol. 
Los dos románticos desleales siguen en medio de la acera, sin reaccionar.  Antes dejaré que me maten que reconocer que he descubierto a este conocido con otra que no es su pareja oficial.  A mi plín, oiga usted.

Al quinceavo intento el mando-dingdong frena en seco el espectáculo, y doy por terminado el circo que yo solita me he montado.  Me alejo toda digna, a paso acelerado, demostrando que soy ajena a este vodevil urbano.

Por el rabillo del ojo observo cómo el público espontáneo empieza a circular de nuevo, increpando  a  dos estatuas humanas paralizadas, no tanto por su inmundicia, sino por la fatal casualidad.
 
Me pierdo en el trasiego de dos centros comerciales cercanos, ajena ya a los escarceos de otros, y esquivo a tres chicas-fashion que aún no han aprendido que no todo vale;  dos abuelas azuzan un bolso de lentejuelas, extrañadas de no encontrarle las mangas... ;  un jovenzuelo con cara de aburrido me mira sin recato alguno, mientras sujeta un bolso demasiado afeminado para su look, apoyado con languidez a la puerta de los probadores.  ¡Ay! si no tuviera tanta prisa, te íbas a enterar, proyecto de don Juan.

Lo que más me divierte son las escaleras mecánicas.  Quedarme quieta y disfrutar de las vistas.  Enviar guiños mentales a este tipo interesante que se ha confundido de escalera -la confusión es evidente: yo subo, él baja-.    En otra vida será. 
Planta de moda-mujer-diseño.  Mi perdición.  ¡Mira qué vestido! Uhm, no es que esté en mi mejor momento, pero vamos, de pobre tampoco voy a salir...Ayayay...qué monada de calcetines, va a parecer que me he fugado de un catálogo de moda con lo primero que he pillado del armario de la abuela.  Look invernal...¿cómo pone ahí? estilo rústico...auhm...

Salgo del centro comercial por mi propio pie, que no será por las ganas que les sobran a  los dependientes de empujarme escaleras abajo. Dime, dime tu nombre, increpo a una de estas dependientas que pertenecen al grupo de no te he visto cuando advierten que las buscas con la mirada, que son las mismas que te persiguen cuando flotas sin ganas de cruzar una palabra.  El don de la oportunidad, sí, señor.

En casa compruebo que excepto el libro, todo lo que he colocado en fila india a lo largo del pasillo -la cazadora, las botas de piel y los dos cestos que no se en dónde colocar,...-  no aparecía en la lista.
Contestador.  Primer mensaje.  La amiga de la novia oficial, que me insta a llamarla.  Segundo mensaje.  El novio oficial (¿quién le ha dado mi teléfono?).  Vamos, que por hache o por be pretenden estropear mi fin de semana con tres horas de "me dijo""le conté""qué hago"...No me pillarán, no.  Esto no va conmigo. 
Tercer mensaje.  "...y no se si salir o pedir una pizza, si os apetece ya sabéis, volveré con el perro en media hora, venga, hasta luego..."
Siempre he tenido cierta curiosidad por saber quién se esconde detrás de una voz y  juego a imaginarme los rostros, ya sea en el trabajo, o con las telefonistas con acento latino.  Y este tiene una voz que ¡wow!. Aunque debo aceptar que ente preciso momento me atrae más lo de la pizza.  Le llevaré un par de dvd, y los restos de las galletas de navidad que horneé esta mañana.
Otro día que la rutina no llama a mi puerta. 
Que se mueran los animales de costumbres...





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