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1 de agosto de 2011

Lo que me enseña un dedo


En fín. Hoy duele un poco más el lado de la incomprensión gratuita, de la idotez heredada, de la necesidad de hacerse valer; aprieta alrededor del corazón lo que uno destaca, que precisamente eslo que el de más allá se afana en borrar.

Un dedo menos a utilizar y parece que toda esa sangre bombee en el estómago a modo de advertencia. Asistí al espectáculo de las últimas lluvias: los manatiales de mis lacrimales a punto de rebosar el límite.

Mentiría si dijera que es es un buen día, que me acordado de quién soy, de que sigo creyendo en lo mismo que ayer creía.

No sé por qué el tertómetro ha llegado hasta mi baúl. Lo utilizaré como señal de que el ambiente se ha cruzado de brazos, como los indignados, como los sin medida, como los que intentaron pintarme de rojo, como mis dioses, como mis pesadillas de camposantos nublados.

Todo está bien, no obstante, justo como tenía que estar. Soy yo y mi medio dedo, mi media herida, mi enfermedad podre que me desroza los recuerdos lejanos para que me centre en mi hoy.

Hoy. Era hoy cuando empezaba algo que no recuerdo. Seguramente no era nada importante, y en segundo plano, el firme propósito de no mirar hacia lo que alinea, que sus daños son más destructivos que los del sol, quizá por eso, porque no se ven.

Esta noche borraré con tinta invisible los dogmas de mi ciudad. Tanto se repiten que apenas tendré trabajo en hacerlas desaparecer: se desintegran como las buenas intenciones y las misas de domingo, a su libre albedrío flotan sobre el mismo limbo en el que claudican mis motivos diarios.

Hoy señalaré sin miedo, con este dedo inútil, -igual de vacío es lo que pretendo señalar- a aquellos que persiguen el olor de la sangre, de la debilidad, de la necesidad de cariño, para plantar en ellos su huella invisible.  Una lástima que a mis flechas no les hayan enseñado a hablar para ser ellas quienes nombren en voz alta y con tono seguro.  Mis flechas no llevan veneno, sino el suero de la verdad.  Por eso despistan e inquietan a los de alma no muy transparente.  No seré infiel a mis dioses, por muchas vacaciones que hagan, seguro que son merecidas.  El mal, la neciedad, la falta de hombría y de honestidad que la descubran sus propios traficantes, o mejor aún, las víctimas que infelices en estos momentos aún canturrean haciendo equilibrios encima de los bordes de esta ciudad.


Saray Schaetzler



(Escribe el mareo, el electroencefalograma plano, con líneas resistentes, y una gota de mercurio para lanzar a la fauna, por si despertara tras un letargo incontable)



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