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12 de febrero de 2012

Otro domingo cualquiera (Mi amigo es un dandy)


Su nombre real no tiene mucha importancia, le llamaremos Ignaçi, para no dar lugar a especulaciones. Es reservado, varonil, y desprende un halo de dandy añejo que lo hace aún más interesante, si cabe, y la impresión de ser más seguro de sí mismo de lo que en realidad es.  Nos une esa compatibilidad de caracteres tan opuestos como libres de artificios o costumbres que solo nacen entre quienes han de terminar compartiendo lecho.  Y lo hemos compartido en alguna ocasión, paradojas de la vida;  el hombre perfecto, mi hombre perfecto en gustos, aficiones, y amor por la misma independencia; entre nosotros jamás existirá más que una amistad pura y una camaradería propia de veinteañeros.  Amore! Come vae? – el saludo habitual-.  El jueves me recibe la marquesa de Tal para merendar en la torre de Girona.  Como quien dice el viernes nos vamos de palillos* a la ruta de los vinos.

Es lo que tiene estar emparentado con la burguesía y su entroncado majestuoso, que siempre hay alguna merienda, o tarde de música, o charla agradable en la que participan personajes de lo más curioso y heterogéneo.  Y yo tengo la suerte de tener a mi querido Ignaçi, al que por otro lado le encanta mi falta de corrección a la hora de besar, mantener el tipo y la lengua cerrada cuando estamos en su ambiente.  Los dos disfrutamos como niños que hacen travesuras, dos arianos en cuerpos adultos que desdicen del resto. Algunos ya lo habrán intuido: Ignaçi, es homosexual, lo que revaloriza mi presencia frente  a las féminas desesperadas que se desarman con las piruetas que ya traen ensayadas de casa para llamar su atención. 

Cuando se que Ignaçi pasará a recogerme –con chófer, que viva el glamour y la mirada de envidia de mis vecinas poligoneras- me dedico en cuerpo y alma al arreglo personal, e incluso ralentizo el tiempo de aseo, que se convierte en una sucesión de baño de espuma, aceites esenciales, y una nube de mi mejor perfume en la que me envuelvo prediciendo la tarde de glamour que sin duda me espera.

Martin, el chófer polaco, no es sino un soñador que hace más de treinta años cruzó la frontera con la idea de conocer mundo, y que se quedó en España a las órdenes de la madre de Ignaçi, como jardinero.  Tras la separación física y emocional de Ignaçi y su familia de sangre, y habiendo trabado ambos una inmensa amistad, Martin se trasladó al piso que Ignaçi heredó de su familia, aún en vida de su padre, y comenzó a trabajar como ayudante en sus negocios de importación, además de chófer.  A lo largo de varios años de convivencia su amistad está por encima de las leyes, las clases o las conveniencias. Martin es el confidente leal y con una frente que no la cubre mi mano extendida, en tamaño, y en cordura.  Supongo que Ignaçi ha encontrado en él la figura paterna inexistente en su vida pasada.  Lazos que unen, como en la guerra, pero sin apegos enfermizos.

A la hora indicada aparece el mercedes rojo a lo lejos y enfila mi calle.  El coche en realidad se lo trajo el polaco en uno de sus viajes a Alemania, hace más de quince años, cuando importar coches de marca era casi un deporte en este pais.  Ignaçi sentado en la parte trasera -como toca-, sale del coche y sujeta la puerta mientras introduzco el poco glamour que me queda este mes tras las crisis, los recortes de nómina y el cabreo con telefónica por no cobrarme lo acordado con sus panchitos y deisis que tras el supuesto servicio de atención al cliente escudan toda una serie de despropósitos comerciales y profesionales de los que prefiero no hablar.
Tras la inmensa verja que chirría al abrirse como en las películas, aparece la torre de la buena señora noble –nunca he sido buena recordando títulos nobiliarios y mucho menos ordenándolos por su grado correcto-, que en realidad es un hermoso palacete de estilo vanguardista ubicado en medio de ese esplendoroso jardín medio abandonado a su estado salvaje, lo que le da un aire más informal al entorno.

Cuando tomo la tercera o cuarta taza de te y beso esa porcelana, más fina que mi piel, no puedo evitar pensar el los labios de varios ministros, jefes de estado e incluso una corista del Paralelo que ya han besado antes esta misma pieza de vajilla, según me va relatando Ignaçi con ayuda de la dama, no por aparentar, sino porque saben que a mi estas anécdotas me hacen gracia.

A la noche se encienden las luces del exterior, que parecen haber conocido mejores tiempos en lo que respecta a su limpieza.  Pero el fondo musical, un casi imperceptible goteo que proviene del pequeño lago artificial con dos fuentes de piedra y los grillos que me recuerdan escenas en otros parajes más al norte y de mi propia infancia, hacen que incluso las telarañas formen parte del paisaje de fondo sin romper con la idílica estampa.

Volvemos por el camino de la costa, sin hablar o haciéndolo al ralentí.  Comentarios banales, sin sorna ni asomo de cotilleo;  Martin con la atención fija al volante, sonrie de tanto en tanto.  Qué suerte de ser polaco y de venir a vivir a España cuando nadie quería hacerlo más que en vacaciones.

De nuevo en la puerta de mi casa, Ignaçi se apea y me abre la puerta.
Amore! Ti chiamo! Muac.
¿Por qué será que esta noche me siento más elitista y condescendiente cuando enciendo el televisor y escucho hablar sobre los temas de actualidad elegidos por cuatro nuevos ricos de la Media internacional? Vuelvo a mi rutina de correos electrónicos, libros y reseñas, llamadas de algún viejo-a amigo-a y muchas, muchas lavadoras.  Y ni así consigo borrar de mi cara una sonrisa estúpida a la que se le ha pegado el glamour de la jornada.

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