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11 de marzo de 2012

El container de la basura (basado en una historia real)

Los vecinos circulan a mi lado y ya desde lejos me observan sin pudor, una mirada acusatora que me pesa en la nuca hasta dolerme, si es que el ego es capaz de sentir algo más que orgullo.  Recriminan mi actitud al tiempo que mantienen la cabeza erguida, el ceño fruncido, haciendo como que miran al frente pero que en realidad revelan la regla del hipocrático, por el rabillo del ojo, lo que les facilita simular que ignoran mi presencia antes de que yo les descubra en su violación hacia mi intimidad.

Yo también finjo ignorar las etiquetas que ya me han colocado hace veinte pasos, aunque soy consciente de la disparidad de sentimientos que traslucen sus miradas altivas, la ambivalencia en estado puro, que al principio surgen orgullosas de su estatus y reprueban hostiles ya está otro mendigo/pordiosero/inmigrante esparciendo la basura que mis impuestos mantienen, pasando como por arte de magia a convertirse en una especie de conmiseración a medida que se acortan las distancias y repasan incrédulos mi aspecto, que en nada les recuerda a los clientes habituales de este mercado libre de impuestos en el que se convierten cada noche todos los containers de los barrios de esta ciudad. 

Recuerdo con exactitud cuándo fue la última ocasión en que rebusqué en la basura de mi casa.  Era un sábado al mediodía cuando regresé a casa y, sin darme cuenta lancé al cubículo de color naranja todos los recortes que encontré perdidos entre los pliegues de un enorme bolso de Zara, el que me acompañaba en mis tardes de compras por la ciudad.  Detrás de los papeles se fueron las llaves de casa y varias monedas sueltas que buceaban en el mismo.  Al fin y al cabo era mi basura, la vergüenza aún no hecha pública. Lo de esta noche es diferente. 
Mi anillo de coral y oro se ha enganchado en el lazo de la bolsa de plástico y ha desaparecido con el tirón, perdiéndose en el negro agujero, destino final que emana efluvios de podedumbre y desechos de toda índole. Cinco minutos de desesperación que han incrementado la ansiedad propia que conlleva cualquier pérdida, al sentimiento de frustación, asco, y al estupor que me provoca comprobar cómo esta situación le es completamente ajena a los viandantes, que en su transmutación a las leyendas urbanas a las que son tan dados imaginan ahora historias en las que un ERE injusto ha provocado la rueda de la que tanto se oye hablar últimamente: pérdida de trabajo, banco que se hace cargo de mi cuota mensual y por tanto de mi piso, y sin nada que llevarme a la boca me dedico en cuerpo y alma - eso sí, con el orgullo intacto y luciendo prendas limpias que elevan mi dignidad-, al tiempo que acusan justamente sus arrogante pensamiento burgués anteriormente expuesto.
¡Lo encontré!
Con estos pensamientos - y mi atuendo algo menos impoluto que hace diez minutos-, me lanzo de un salto al exterior de este mausoleo en el que varias familias -sobre todo de compuestos inorgánicos- se mezclan antes de perderse en una fosa común.  El camión de la basura estaciona a un lado de la via pública de esta calle mal iluminada y sus luces intermitentes son testigos directos de los  insultos que me propinan sus ocupantes.  Sin duda me he convertido para ellos en una delincuente callejera, una yonki de la basura, una tirada más de la vida y yo qué se con cuántas lindezas más me agasajan.
La mujer arrastra de la mano a un niño que me mira fijamente con rostro impertinente -y la cara más sucia que el lugar del que yo misma acabo de resucitar-  y no da crédito cuando le hago una carantoña al descarado discípulo que ha creado;  urge al retoño con un tirón aún más firme si cabe, y un anciano que no se ha perdido la escena deshace su figura inerte y despega al fín el bastón de madera del pavimento, dirigiendo su apatía hacia quién sabe que nueva aventura.

2012 Saray Schatezler, Serie Cosas que pasan, El container de la basura

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