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26 de abril de 2012


Presentación de Una nueva forma de vida, de AmelieNothomb., para Anika entre libros.

 

Amelie Nothomb, una escritora divina de estilo gótico-romántico a la hora de vestir y clásico a la de escribir, ya que odia –literalmente- los ordenadores.




La autora belga Amelie Nothomb ha presentado en el Liceo Francés de Barcelona su última obra, Una nueva forma de vida (Ed. Anagrama), un título sugerente que apenas se ha nombrado durante la conversación que la prensa ha mantenido con esta mujer -de gesto adusto y poco pródiga en sonrisas-.  Me pregunto durante toda la rueda de prensa si acaso no será responsable su gusto por la indumentaria que mezcla toques de estilo gótico –eso sí, très chic- con tributos de un romántico añejo.  El sombrero de corte de amazona pone el punto preciso a un look que no llevaría alguien que deseara pasar desapercibido.  Me da que a esta autora no le molesta llamar la atención, en ese sentido.

Cada vez que un periodista solicita unas palabras de la escritora, ésta fija su mirada y levanta la barbilla unos centímetros, al tiempo que escruta a su interlocutor, sus labios rojo cereza no se inmutan

 No leo el correo buscando ideas, y lo que me cuentan por escrito es secreto y hago lo posible para que así siga siendo.

Cuenta que es la primera novela epistolar que escribe, y como un tal Jordi le dijo, lo que tenía que ocurrir, ocurrió, puesto lo que le llevó a la novela fue la correspondencia que le llevó a escribir cuando era niña y adolescente, lo que ha hecho que sea este tipo de escritora.  El género epistolar, continúa, no aparece por casualidad, ya que recibe muchísimas cartas de sus lectores y además está lo bastante loca como para contestarlas.

Intentaba con este libro que los lectores entendieran que no le tenían que escribir tanto pero no lo entendieron así, y comenzaron a escribir cuatro veces más que antes;  por lo que, este puede ser un éxito literario, pero desde el punto de vista de la experiencia ha sido un fracaso, confiesa.


Empezó a escribir esta novela en Barcelona hace tres años, concretamente el nueve de febrero de ese año, cuando vino al Instituto Francés, y se alojaba en el Hotel Conde, una ciudad en donde ella misma dice “es posible quedarse embarazada”.


Si no hubiera contestado las preguntas de los periodistas me conocerían menos, pero me leerían mejor.
 
A la pregunta de si la intención era realmente escribir sobre la escritura, como ella misma admite es una salida de emergencia, Amelie suscribe diciendo que ya en forma de novelas o cartas es una forma de vida, ante todo.  Su intención es ser viva, y cuando más viva se siente es cuanto más escribe, sean novelas o cartas. 

Creo que la mejor prueba de saber que estás vivo es una carta, porque hay un sobre, una dirección, y dices, ¡ah! Alguien me escribe.
Pensaba que esta peculiaridad era una enferma mental solo mia, pero luego me di cuenta de que es una enfermedad mental que muchos padecemos, escribir una carta a otra persona.

Como ya bien indica la autora, respecto al tema de Irak  no puede permitirse ser original –no como lo resulta con su estilismo, desde luego-: Su propia opinión es como la de cualquier europeo, asegura, y añade que las guerras modernas nunca acaban.  No le gustan las guerras, como a casi todos.  Puede que Amelie vaya aún más allá y entra en la consideración dietética, porque la guerra engorda: “No a la guerra. Todos vuelven gordos”.

Nothomb escribe todos los días de su vida, cada día se levanta a las cuatro.  Necesita estar en ayunas, vacía, hambrienta y sigue sin comer nada hasta las seis de la tarde, que comienza a beber champán –el día ideal, que no cada día lo es-.  Y nos da una buena excusa: El sentido del gusto está más desarrollado y el proceso mental que produce esta explosión de champán es espectacular -constata que lleva a una borrachera fantástica-. Asevera que el día anterior lo experimentó en Barcelona con el cava, y que la experiencia fue extraordinaria.

Y llega el momento manido de hablar de la relación de la autora con la comida, ya que en su adolescencia tuvo serios problemas con las anorexia, decidiendo un día no volver a comer nunca más. Y así lo cumplió durante dos años, cuando se encontró a las puertas de la muerte  La enfermedad no se conocía tanto como ahora, y además vivía en el occidente asiático, en donde no se conocía siquiera. 



 Un día, nos confiesa, sucedió algo muy raro: su cuerpo y su mente se divorciaron: su cuerpo se fue  a comer y su alma se fue por otro lado.  Necesito años para coser esas partes de su cuerpo y alma, una aventura metafísica que le llevó a las puertas de la muerte.


Los lectores le cuentan intimidades e intentan que les resuelva sus vidas, y la autora intenta mantener mucho cuidado a la hora de contestar, sobre todo cuando se trata de adolescentes. Le gustan sus cartas, pero como el chocolate, el exceso no es bueno. Igual que al principio contestaba a todas las cartas, ahora, si una carta es tonta o no es cortés, la tira a la basura sin más. Ya solo contesta las cartas bellas e inteligentes. Y cortas, insiste en esto último.

Ante la disyuntiva de conocer a un escritor o no, Amelie Nothomb no piensa lo mismo que dice, es una paradoja, por tanto, pues aunque ella dice no esconderse y aceptar las invitaciones ella no sabría a su vez que contarle a otro escritor en una carta.  Si tuviera que elegir a uno sería Haruki Murakami, como escritor, como humano y porque da la causalidad de que también nació en Kobe (Japón).

Una singularidad es que la escritora no quiere acercarse a un ordenador, y por eso le parece curioso verse incluida en esta serie titulada “mujeres modernas”, ya que precisamente cree ser la única mujer en el mundo que en estos tiempos de la comunicación aún le envía cuadernos a su editor.

Creo que en tres ocasiones ha dejado escapar una sonrisa y ha cambiado otras cuatro de postura. Se levanta la sesión y sale en pos de la copa de cava de la que disfrutará en la cafetería del mismo edificio, antes de dirigirse al aeropuerto.  Me resulta distante, rememoro a ciertas divas de otros artes, y la verdad, no es mi deseo escribirle ninguna carta mostrándole mis opiniones, seguramente terminaría en la papelera.  Ya soy demasiado mayor como para ser concisa si el teclado así no me lo pide.


por Saray Schaetzler

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