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28 de junio de 2013

No tener noticias es buena noticia.

¿Estar desinformado es malo? Pues si no estás pendiente de examinarte de algún estudio que implique estar al día en actualidad, y aunque le duela a algún purista del intelecto, la respuesta es más simple que el mecanismo de una bayeta de cocina: no, no pasa nada aunque te hayas ido dos meses a recorrer la meseta tibetana, sin IPod, Ipad, la Box ni la crema reductora de pasta de colmillo de elefante marino, jatetú. 
Será entonces cuando empieces a darte cuenta de lo poco que cambia el mundo, de la inconsistencia de algunas noticias que hoy están en primera plana, y la maraña de palabrería en las que se desgastan algunos tertulianos incondicionales que a fin de cuentas no dejan con la impresión de que cada vez que abren la boca es para repetir o desdecir, hablar por encima, o simplemente pavonear -siempre compitiendo por mantener el tono más alto que  su compañero-. 
Cuando uno lleva dos o tres semanas sin encender el televisor, ni leer un diario, y las únicas noticias son las que recibe de manera sesgada a través de conocidos o ecos de poner antenas en alguna conversación surrealista de patio vecinal -que aún las hay-, se puede dar la vuelta sin mover una pestaña ni por error: nada nuevo bajo el cielo.
Nada que ver con el título que destaco, que también tiene su por qué, el de no recibir noticias de aquellas que sin quererlo nos revuelven el estómago o poner el corazón a mil.  Así, me reafirmo:  no tener noticias suele ser una muy muy buena noticia.

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