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3 de octubre de 2015

Galletas y fútbol


No creo en  nadie que rinda más culto a un partido de fútbol que a una buena caminata en las horas del atardecer.  Los cúmulos de gente, el gentío, sin más, me aburren infinitamente, ya sea una fiesta popular o un desfile de carnaval;  me recuerda a las fiestas de guardar y tiene algún punto en común con aquel etílico sabor a trajes de domingo y pastas exclusivas para los invitados, de los que por suerte, poco disfruté en mi tierna infancia, ya fuera porque mi cabeza no entendiera de poses a una edad temprana, o por estar inmersa en asuntos menos mundanales. 

Las galletas de los invitados desaparecían con más misterio que las oraciones del crucifijo, y los trajes de domingo los paseaba entre zarzas y caminos de piedra que se desplegaban sólo para mi en el pueblo de mi infancia, a modo de alfombra roja por la que me deslizaba, no siempre con todo el decoro que se presuponía, he de reconocer que adolecía de aquella ternura y cursilismo que estaba de moda entre algunas de mis compañeras de colegio;  dicen que a esas edades ya se intuye por qué bando saldrá a relucir nuestra personalidad, y la mia, aunque con el tiempo he tratado de dominarla una y otra vez, ya entonces sobresalía por inconformismo y rebeldía. 

Aquella pastas de las que hablaba, como todo lo que se queda viejo, caducan en la despensa igual que lo hacen los recuerdos de esos homenajes a los que hemos acudido en tantas ocasiones, más por bien quedar que por convicción, que en este pais mola eso de ser conocido de tal o cual, o parece que le da a uno cierto prestigio social, aunque tan siquiera se ose conocer a pariente cercano alguno del susodicho ni haya disfrutado de una charla distendida con mencionado personaje en toda su vida; las galletitas se quedan a buen recaudo de los recuerdos perdidos en el limbo de las obligaciones asumidas, y si acaso recordamos al monstruo que se las comía atrincherado tras la pantalla, y que han sido estas últimas con seguridad las mejor aprovechadas.

Los domingos desempolvan algunos, bastantes, muchos, calculo que demasiados para mi juicio insano -pertenezco a minorías de pensamiento, acto y evolución castrista, cosa que me encanta por lo mismo que comenté al principio sobre mi alergia al aborregamiento-, desapolillan, como decía, esperpénticas indumentarias de bufandas, gorritos y poliéster del más fino en sus camisetas que gritan pertenezco al gueto;  no pienso, mi crítica la decido de modo consensuado tras cada atropello televisivo o del campo de juego, y dependiendo del humor incluso me cago en un partido político, en un documental de la pantalla o en la medida del tubo de escape del automóvil de mi vecino.

Y para merendar galletitas maría, que las de la caja azul están reservadas para los invitados.

M.A.G. (Pensamientos cuadrados, 2015)

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