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12 de septiembre de 2016

CON LA VENIA, NAVEGANTES


A lo largo del mismo día son muchas las ocasiones en las que nos enfrentamos a cuestiones triviales que nos piden e incluso exigen respuestas rápidas, o ingeniosas, o que parezca que lo son, o que no nos importa lo más mínimo lo que se dice en beneficio de la simple comunicación o confraternización entre colegas o conocidos, o reducido a la mínima expresión, léase conversación de ascensor.

Cuando uno cumple los años suficientes y deja de prestar atención a lo más absurdo -que casualmente ha ocupado gran parte de su vida-, se hace imposible para algunos seguir fingiendo, y lo anodino pasa a resultar molesto, y estas conversaciones que apuntan con el arma de la puesta a prueba del contrario dejan de amedrentar para encararlas con valentía, negando a ser banal como quien pretende que todas las cuestiones diarias, incluso las más banales, se resuelvan con un monosílabo o una visión partidista.

Crecemos y renace en nosotros el viejo que cuestiona la cotidianeidad, los transeúntes, el lugar que ocupa un paso de cebra o por qué he de contestar a las impertinencias de quien no conozco filiación ni edad.

La edad resuelve estos temores aunque nos dote de más sensibilidad y a pesar de ese mínimo umbral de resistencia al dolor emocional, a la fragilidad recién conquistada (qué son los años, y cumplirlos, sino una conquista), y afila la lengua y el radar que capta ignorancia, mala fe, impostura, reservando el derecho de contestar sin buscar el ingenio que nunca se tuvo, aunque se pretendiera gracias a copiar y a la repetición constante en el momento adecuado de frases y giros que otros acuñaban. 

Nos damos cuenta tarde, y no siempre, y no todos, así que por el tiempo que me quede ruego dejen sus impertinencias a recaudo, porque el que suscribe no se lamentará ni de los daños colaterales ni de las ofensas que puedan causar sus pensamientos filosóficos, su desliz lento y cadencia flemática o su evidente falta de ingenio y respuesta rápida.

 
Desde mi ventana © 2016, M.A.G.

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