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8 de diciembre de 2012

UNAS PALABRAS

 
Hace pocos días, alguien se sorprendió de la feroz batalla -tanto bloguera como feisbukiana o têtê-a-têtê- que vengo manteniendo desde los albores de la crisis, comprometida ya a nivel personal con aquellos egipcios que vitoreaban ante el estallido de indignación de sus conciudadanos.  Y es que algunos no entienden que, lecturas aparte, uno se considere ciudadano y como tal, reclame sus derechos y se queje cuando le pisan el dedo gordo.  Los hay que se centran en sus quehaceres, para no pensar en lo otro, dicen, que eso -así es como etiquetan el estado de imposición política y social en el que nos encontramos- nadie lo va a cambiar.  Con esa actitud, desde luego que no lo vamos a hacer, me digo, y les dejo hablando de libros, que está muy bien, dicho sea, pero tampoco es justo que luchen cuatro por cuatrocientos, y que se hagan oidos sordos a los problemas de los demás.  Eso sí, cuando le toque a usted vendrá pidiendo que le comprendan, y llorará sobre la tumba en la que usted bailaba hace cuatro años. Olé.
 
Aquellos ciudadanos ya representaban en su día lo que ahora empieza a despuntar en España, en algunos paises europeos y sudamericanos:  el cansancio.  Cansancio de ser siempre los últimos de la cola, ya sea para opinar, para acceder a, para significarse contra.  Cansados de quejarse al viento y de que sus palabras no crucen las mentes obtusas y los estómagos nutridos y calientes de los ciudadanos del BIENESTAR.
 
La balanza de las pédidas se ha ido inclinando hacia el lado de los desfavorecidos, pero aún no tiemblan los gobiernos -se la saben jugar, y apuestan por ellos, tanto en cuanto se saben que la Banca siempre gana-.
 
Pierden los de siempre, y empiezan a caer y a ver cómo merman sus ganancias otros que jamás lo hubieran creido.   ¡Ah!, se dicen estos últimos, yo pensaba que esta crisis no íba conmigo.

Quizá sea el momento de mirar atrás, de dar dos pasos y dejar el ego con el ombligo, que ellos ya van de la mano y no necesitan apoyos.
Quizá sea hora de volver en el camino y recoger los pedazos y restos que los poderosos del feudo, caciques y usureros han dispersado de modo indirecto por los caminos del reino.  ¿Verdad que parece un extracto de ficción de la Edad Media?  No andamos lejos, no.  Sin derechos que nos han dejado, eso creen algunos, y por eso se callan.
 
El pueblo, la sociedad, no entiende que ella tiene los derechos en su mano, que el derecho de trabajo, de un hogar digno, son intrínsecos a su ser. Sólo que no los reclama.
 
Reclamemos pues, como han hecho en Islandia, que no son menos parecidos a nosotros, sino que saben de insistir, de no dejarse robar, que el dinero va y viene, pero la dignidad no depende ni sabe de crisis, ni de guerras, ni de pobreza. Lo paupérrimo son las excedencias que este espejismo, el Estado del Bienestar promulga alegremente.
 
Mientras tanto, sigan felicitando las fiestas, gastando en regalos cuyos beneficios irán parando a las mismas manos que quizá mañana le rodeen el cuello en forma de deshaucios, ERES, recortes.
Usted elige, el resto son nada más que palabras.

S.S. (Serie, A Vuelapluma, Unas palabras)


El que haya llegado hasta aquí, puede clickar en el enlace que se muestra abajo, para saber cómo funcionan las cosas en Islandia:

http://blogs.elpais.com/paul-krugman/2012/07/por-que-islandia-es-un-caso-de-exito.html

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