Regreso a Birchwood
(Birchwood, 1973)
John Banville
Ediciones Alfaguara
Colección Narrativa Internacional
© John Banville, 2017
© Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U, 2017
1ª Edición: Noviembre 2017
ISBN: 9788420428239
Novela ficción, pasado, recuerdos, familia, hermanos, burguesía, relaciones fraternales, relaciones filiales, relaciones amorosas, enfermedades mentales, sanatorios, muerte, asesinatos, villas, historia de Irlanda, guerras, pobreza, hambruna, circo, carretas, literatura irlandesa
Páginas: 240
Regresar a Birchwood, la suntuosa villa antaño rodeada de confort y lujo en la que descansan los recuerdos de infancia puede convertir la experiencia en un sorprendente descubrimiento, si como le pasó a nuestro protagonista lo que encuentra a su vuelta no concuerda con las memorias de ese pasado. ¿Seríamos capaces de asegurar que nuestros recuerdos son reflejo de la realidad del pasado?
OPINIÓN
Un viaje que finalizará en el sitio de partida bastará para que Gabriel se cuestiones por primera vez sobre la realidad de todo lo que vivió en su infancia. Antes de reconocerse como partícipe en el núcleo de una familia desestructurada y cerrada en sí misma, con sus secretos y perversas relaciones no resueltas el protagonista de esta historia reconoce que su vida y su familia no han sido el lugar idóneo para que se desarrolle la vida de cualquier niño.
Así, el relato comienza cuando el joven se reencuentra con la casa de su niñez en peores condiciones de lo que la dejó, nada extraño teniendo en cuenta que por ella ha pasado la destrucción en manos de forajidos, habitada por personajes tan peligrosos como destructivos, y lo que es peor, reconocer en estos a una parte de su propio linaje.
El protagonista huye sobre todo de un ambiente opresivo provocado por el carácter del padre y el comportamiento de su madre, etérea y bondadosa. Su infancia transcurre observando el paisaje, y parece que los recuerdos reales se escondan detrás de la representación de las estaciones, de la descripción de los olores que caracterizan el ambiente, las flores, más que de las personas reales que están a su lado. La familia, procedente de una aristocracia de terratenientes venida a menos se nos presenta desde sus ojos de niño como una nebulosa, algo fantasmal que traduce la sensación de vivir en un hogar que sobrevive sin afectos ni amor, entre la sonrisa torva de su padre y la sumisión de su madre hacia éste. Debido a su tierna edad no percibe cómo la casa se desmorona o la razón de que su padre decida que estudie en casa y no en el colegio. No es extraño por tanto que en medio de tal confusión Gabriel humanice los objetos y finalmente decida unirse al circo que se ha instalado en el jardín de la villa para experimentar lo que pueda tener de acogedor una caravana en una noche de tormenta o padecer la hambruna que asoló al pais. Un trayecto de un tiempo indeterminado con el circo le enfrenta con un mundo deshumanizado, pero vivo, en movimiento.
Descubrirse involuntariamente de nuevo en Birchwood le enfrentará a su pasado, esta vez convertido en realidad, comprendiendo la locura de su madre, el incesto familiar o los miedos que se ha ocultado a sí mismo hasta ese instante.
Birchwood es una obra escrita hace más de cuatro décadas que consigue provocar sentimientos de inquietud en el lector, flotando a su alrededor la misma sensación de aislamiento que vive el protagonista, la incomunicación entre los personajes familiares producen desazón y las muertes se suceden rodeadas de interrogantes que apenas se cuestionan. Lo que no se comparte, de lo que no se habla, no existe.
La novela carece de una estructura narrativa al uso ya que salta en tiempo y lugar creando esa atmósfera de irrealidad que parece sentir el propio personaje principal. Es sólo en su conclusión en donde he valorado los ritmos del autor, los ambientes y las situaciones que al principio no parecían tener mucha importancia.
Cabe resaltar la pluma de Banville, que no deja indiferente a nadie que valore lo que se suele denominar como buena literatura, con un lenguaje exquisito que el autor domina con un estilo muy personal. Es por tanto una obra recomendada a los seguidores de este autor o a los amantes de su escritura y para aquellos que deseen hacer un símil y enfrentarse a los recuerdos de su propia vida, dilucidando la probabilidad de que estos hayan sido reales.
por M.
Edición en la revista Anikaentrelibros, aquí
Mostrando entradas con la etiqueta John Banville. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta John Banville. Mostrar todas las entradas
28 de enero de 2018
12 de enero de 2011
ENTREVISTA A JOHN BANVILLE, AUTOR DE "LOS INFINITOS"
Entrevista a John Banville, para Anika entre libros

Por Saray Schaetzler para Anika entre libros (leer entrevista en sección Arti-literatura)
Presentación de "Los infinitos" en Rueda de Prensa con John Banville.

Por Saray Schaetzler para Anika entre libros (leer entrevista en sección Arti-literatura)
| Fachada principal Hotel Condes de Barcelona |
![]() |
| Un momento durante la rueda de prensa |
El colmo de la inoportunidad ¿qué hago en medio de la Diagonal –amplia avenida barcelonesa que cruza la ciudad como su nombre indica, esto es, en diagonal-, empujando un coche que echa humo por el radiador, junto a su incrédulo propietario?. Siempre he dicho que esta ciudad no es lugar para indecisos:
-Mira, (fulanito)... - farfullo una disculpa sin darle tiempo a reaccionar y echo a correr en busca de la parada de metro más cercana.
He de llegar lo antes posible al Hotel Condes de Barcelona, en el Paseo de Gracia, donde tiene lugar la rueda de prensa que ha organizado Anagrama para presentar el último libro publicado de John Banville, Los Infinitos.
Mi retraso es ya evidente, dadas las distancias de esta ciudad, así que aprovecho el viaje en metro para repasar algunos datos de su biografía que he ido recopilando aquí y allá.
Irlandés de nacimiento, en su cabeza mantiene una lucha eterna idiomática, al confirmar que la concesión del lenguaje nativo a favor del heredado (inglés) no le ha hecho ningún favor a los autores irlandeses que, al verse obligados a traducir sus escritos, han perdido asimismo parte de la esencia principal de los mismos.
Nacido el mismo día que en España se celebra la Inmaculada Concepción, por esas casualidades lo mismo que Horacio -el poeta romano- o nuestra gran Carmen Martín Gaite. Autor de novelas con títulos curiosos relacionados con la ciencia como Kepler (1981), La Carta de Newton (1982), Copérnico (1984), pasando por Imposturas, El Mar -Premio Man Booker Price -, hasta llegar a El secreto de Christine, o Lemur, su incursión en la novela negra, que bajo el seudónimo de Benjamin Black da vida a un nuevo personaje, el médico forense Quirke, para deleite de los amantes de este género, no deja de sorprender su inconfundible estilo depurado y ese ingenio característico.
Rueda de prensa
Hotel Condes de Barcelona, en el centro comercial de la ciudad. El salón es una habitación de reuniones impersonal, estilo sala de juntas. La responsable de comunicación de Anagrama, me lanza un hola mudo y sonriente.
Toda la atención recae en el conferenciante, que se encuentra en medio de alguna consideración personal, gracias a lo cual mi aspecto descompuesto, descamisada y casi sin aliento, pasa desapercibido.
-... si me preguntan otra vez, diré que el gran invento del hombre es la frase...-opina John Banville, al que apenas se le nota la herencia celta en el habla, con un acento más depurado y una velocidad narrativa que en nada se parece a la prisa que parecen tener algunos irlandeses para contarte las cosas.
A su lado, la jefa de prensa de Anagrama enfatiza con aspavientos de manos la traducción de las palabras de John Banville. Se nos van los ojos detrás de sus manos, como en un partido de tenis detrás de la pelota.
John Banville sigue con su exposición: - a la pregunta de resumir su novela en una sola frase, éste contestó (refiriéndose a Joyce) ¿cómo es de larga la frase?...- Los allí presentes se rien, y Banville aprovecha para beber un trago de agua.
En esta ocasión, llegar tarde ha tenido su punto positivo, pues la responsable de comunicación me sitúa en un lugar desde el que puedo observar con libertad la escena general.
El gusto de John Banville por relatar anécdotas divertidas sobre escritores y curiosidades del mundo literario, convierte una típica rueda de prensa en una tertulia de café.
En otra ocasión –John Banville sigue relatando sobre Joyce- alguien le preguntó, ¿puedo besar la mano que escribió esta novela? A lo que él replicó, puedes hacerlo, siempre que recuerdes que esta mano ha hecho muchas otras cosas (risas).
A la pregunta de la relación que mantiene con Benjamin Black, su alter ego, seudónimo que utilizó en las novelas El secreto de Christine, El otro nombre de Laura, y El Lémur, tras su incursión en el género de novela negra, bromea al anunciar que su propio seudónimo podría ser el protagonista de una novela de John Banville.
Cree que escribir novela negra es difícil a la hora de utilizar el humor, y que las grandes historias de este tipo de novelas no son divertidas, porque hay que centrarse en el crimen, y eso quita tiempo para pensar en otras cosas.
Al hilo de esta cuestión hace hincapié en el actor Al Pacino, una de las figuras emblemáticas del crimen que le fascina, y que en todas las películas está divorciado y que además suele tener problemas con sus hijos.
Compruebo que bebe agua continuamente, sobre todo entre pregunta y pregunta, un tic que se hace patente cada vez que se produce un silencio, lo mismo que haría con su cigarro un fumador compulsivo. La presentación transcurre entre sorbos de agua y comentarios ingeniosos. No suelta la copa excepto en contadas ocasiones.
Su conversación es una sucesión de anécdotas divertidas y recuerdos en torno al mundo literario, que va colocando sobre la mesa del mismo modo que el ilusionista sorprende sacando un conejo blanco inmaculado de la chistera negra. Da la impresión de que cualquier reunión con John Banville se convierte en una excusa para sacar a colación su anecdotario particular, para compartir, en definitiva, su mundo escrito, y hacerlo más cercano a sus contertulios.
¿Qué es lo que John Banville espera de los lectores cuando finaliza una de sus novelas? Sencillamente, que se divierta, un sentido rápido de la vida. Lo que quieren todos los artistas, una concepción rápida del mundo, como sucede al enamorarse. Hay tan pocos buenos lectores como tan pocos buenos escritores, que sientan esa pasión, replica.
Constata su fe en las nuevas tecnologías, que obligan de algún modo a leer a los jóvenes, mientras juegan con sus aparatos. Quizás no lean en forma de libro, pero es innegable que leen.
Una característica de los escritos de John Banville es que contínuamente nos hace reflexionar sobre la vida y la muerte, y cree que precisamente es esta relación entre ambas lo que hace que la vida nos parezca más fascinante, al entender la realidad de nuestra condición mortal, y lo compara al pensamiento que el filósofo existencialista Heidegger tiene sobre la muerte –la muerte es la que nos da la vida-.
Opina también sobre los políticos, que según él, pueden ser genios, aunque quizás esperamos demasiado de ellos. Y recuerda que aquellos, al igual que cualquier líder deportivo, pueden ser elegidos, pero también tendrán que irse algún día. Así, cree que la democracia es maravillosa, en el sentido de que nosotros somos quienes les otorgamos o les echamos del poder. Y en este sentido, los votantes nos convertimos en los dioses.
No se siente cercano a Nabokov ni a Yeats. Cree que la prosa de Nabokov está muerta, ya que no utiliza su propia lengua –el ruso-, a favor del inglés. Y en caso de sentirse cercano a alguno de ellos, sería a Yeats, excepto el sentido del humor. Yo tengo; él no tenía –bromea-.
John Banville destaca que detesta la noción de lo grandioso, de lo importante, y que por encima de todo lo esencial para ser un gran humano, está la manera individual de enfocar el sentido del ridículo.
Pintor frustrado en su adolescencia, ha heredado de esa época una forma diferente de ver el mundo. Quizás le produce más nostalgia no haber sido compositor.
Desde muy joven trató de romper los muros de las voces de aquellos grandes escritores que le cuestionaban que quisiera escribir. Y entonces pensaba que escribir era deprimente, un trabajo inhumano. A medida que se hizo mayor, perdió la reverencia por aquellos escritores que despreciaban a los que comenzaban, olvidándose de que los autores de las grandes obras que colgaban en las repisas de las bibliotecas también fueron jóvenes algún día.
La escritura es para él un trabajo basado en concentración e imaginación. Y en ocasiones ha advertido a alumnos que abandonaran ese trabajo, una vida de tormento y pobreza. Pero aún a estas alturas, que sabe lo que cuesta escribir, es rotundo en su decisión de no abandonar.
Otro sorbo de agua, y sonrisa general como cierre de esta reunión.
Buenas tardes.
-Mira, (fulanito)... - farfullo una disculpa sin darle tiempo a reaccionar y echo a correr en busca de la parada de metro más cercana.
He de llegar lo antes posible al Hotel Condes de Barcelona, en el Paseo de Gracia, donde tiene lugar la rueda de prensa que ha organizado Anagrama para presentar el último libro publicado de John Banville, Los Infinitos.
Mi retraso es ya evidente, dadas las distancias de esta ciudad, así que aprovecho el viaje en metro para repasar algunos datos de su biografía que he ido recopilando aquí y allá.
Irlandés de nacimiento, en su cabeza mantiene una lucha eterna idiomática, al confirmar que la concesión del lenguaje nativo a favor del heredado (inglés) no le ha hecho ningún favor a los autores irlandeses que, al verse obligados a traducir sus escritos, han perdido asimismo parte de la esencia principal de los mismos.
Nacido el mismo día que en España se celebra la Inmaculada Concepción, por esas casualidades lo mismo que Horacio -el poeta romano- o nuestra gran Carmen Martín Gaite. Autor de novelas con títulos curiosos relacionados con la ciencia como Kepler (1981), La Carta de Newton (1982), Copérnico (1984), pasando por Imposturas, El Mar -Premio Man Booker Price -, hasta llegar a El secreto de Christine, o Lemur, su incursión en la novela negra, que bajo el seudónimo de Benjamin Black da vida a un nuevo personaje, el médico forense Quirke, para deleite de los amantes de este género, no deja de sorprender su inconfundible estilo depurado y ese ingenio característico.
Rueda de prensa
Hotel Condes de Barcelona, en el centro comercial de la ciudad. El salón es una habitación de reuniones impersonal, estilo sala de juntas. La responsable de comunicación de Anagrama, me lanza un hola mudo y sonriente.
Toda la atención recae en el conferenciante, que se encuentra en medio de alguna consideración personal, gracias a lo cual mi aspecto descompuesto, descamisada y casi sin aliento, pasa desapercibido.
-... si me preguntan otra vez, diré que el gran invento del hombre es la frase...-opina John Banville, al que apenas se le nota la herencia celta en el habla, con un acento más depurado y una velocidad narrativa que en nada se parece a la prisa que parecen tener algunos irlandeses para contarte las cosas.
A su lado, la jefa de prensa de Anagrama enfatiza con aspavientos de manos la traducción de las palabras de John Banville. Se nos van los ojos detrás de sus manos, como en un partido de tenis detrás de la pelota.
John Banville sigue con su exposición: - a la pregunta de resumir su novela en una sola frase, éste contestó (refiriéndose a Joyce) ¿cómo es de larga la frase?...- Los allí presentes se rien, y Banville aprovecha para beber un trago de agua.
El gusto de John Banville por relatar anécdotas divertidas sobre escritores y curiosidades del mundo literario, convierte una típica rueda de prensa en una tertulia de café.
En otra ocasión –John Banville sigue relatando sobre Joyce- alguien le preguntó, ¿puedo besar la mano que escribió esta novela? A lo que él replicó, puedes hacerlo, siempre que recuerdes que esta mano ha hecho muchas otras cosas (risas).
A la pregunta de la relación que mantiene con Benjamin Black, su alter ego, seudónimo que utilizó en las novelas El secreto de Christine, El otro nombre de Laura, y El Lémur, tras su incursión en el género de novela negra, bromea al anunciar que su propio seudónimo podría ser el protagonista de una novela de John Banville.
Cree que escribir novela negra es difícil a la hora de utilizar el humor, y que las grandes historias de este tipo de novelas no son divertidas, porque hay que centrarse en el crimen, y eso quita tiempo para pensar en otras cosas.
Al hilo de esta cuestión hace hincapié en el actor Al Pacino, una de las figuras emblemáticas del crimen que le fascina, y que en todas las películas está divorciado y que además suele tener problemas con sus hijos.
Compruebo que bebe agua continuamente, sobre todo entre pregunta y pregunta, un tic que se hace patente cada vez que se produce un silencio, lo mismo que haría con su cigarro un fumador compulsivo. La presentación transcurre entre sorbos de agua y comentarios ingeniosos. No suelta la copa excepto en contadas ocasiones.
Su conversación es una sucesión de anécdotas divertidas y recuerdos en torno al mundo literario, que va colocando sobre la mesa del mismo modo que el ilusionista sorprende sacando un conejo blanco inmaculado de la chistera negra. Da la impresión de que cualquier reunión con John Banville se convierte en una excusa para sacar a colación su anecdotario particular, para compartir, en definitiva, su mundo escrito, y hacerlo más cercano a sus contertulios.
¿Qué es lo que John Banville espera de los lectores cuando finaliza una de sus novelas? Sencillamente, que se divierta, un sentido rápido de la vida. Lo que quieren todos los artistas, una concepción rápida del mundo, como sucede al enamorarse. Hay tan pocos buenos lectores como tan pocos buenos escritores, que sientan esa pasión, replica.
Constata su fe en las nuevas tecnologías, que obligan de algún modo a leer a los jóvenes, mientras juegan con sus aparatos. Quizás no lean en forma de libro, pero es innegable que leen.
Una característica de los escritos de John Banville es que contínuamente nos hace reflexionar sobre la vida y la muerte, y cree que precisamente es esta relación entre ambas lo que hace que la vida nos parezca más fascinante, al entender la realidad de nuestra condición mortal, y lo compara al pensamiento que el filósofo existencialista Heidegger tiene sobre la muerte –la muerte es la que nos da la vida-.
Opina también sobre los políticos, que según él, pueden ser genios, aunque quizás esperamos demasiado de ellos. Y recuerda que aquellos, al igual que cualquier líder deportivo, pueden ser elegidos, pero también tendrán que irse algún día. Así, cree que la democracia es maravillosa, en el sentido de que nosotros somos quienes les otorgamos o les echamos del poder. Y en este sentido, los votantes nos convertimos en los dioses.
No se siente cercano a Nabokov ni a Yeats. Cree que la prosa de Nabokov está muerta, ya que no utiliza su propia lengua –el ruso-, a favor del inglés. Y en caso de sentirse cercano a alguno de ellos, sería a Yeats, excepto el sentido del humor. Yo tengo; él no tenía –bromea-.
John Banville destaca que detesta la noción de lo grandioso, de lo importante, y que por encima de todo lo esencial para ser un gran humano, está la manera individual de enfocar el sentido del ridículo.
Pintor frustrado en su adolescencia, ha heredado de esa época una forma diferente de ver el mundo. Quizás le produce más nostalgia no haber sido compositor.
Desde muy joven trató de romper los muros de las voces de aquellos grandes escritores que le cuestionaban que quisiera escribir. Y entonces pensaba que escribir era deprimente, un trabajo inhumano. A medida que se hizo mayor, perdió la reverencia por aquellos escritores que despreciaban a los que comenzaban, olvidándose de que los autores de las grandes obras que colgaban en las repisas de las bibliotecas también fueron jóvenes algún día.
La escritura es para él un trabajo basado en concentración e imaginación. Y en ocasiones ha advertido a alumnos que abandonaran ese trabajo, una vida de tormento y pobreza. Pero aún a estas alturas, que sabe lo que cuesta escribir, es rotundo en su decisión de no abandonar.
Otro sorbo de agua, y sonrisa general como cierre de esta reunión.
Buenas tardes.
Escribir novela negra es difícil a la hora de utilizar el humor. Creo que las grandes historias de este tipo de novelas no son divertidas, porque hay que centrarse en el crimen, y eso quita tiempo para pensar en otras cosas. John Banville
Hay tan pocos buenos lectores como tan pocos buenos escritores, que sientan esa pasión. John Banville
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

