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| Plaza Catalunya, 2011 |
Pasada la treintena, uno empieza a valorar.
La comida ha de ser de calidad, porque el estómago ya no lo
aguanta todo, o no tanto como hace unos años.
Es algo que sucede progresivamente, y de lo que apenas nos percatamos. Y en el caso de las amistades, sucede otro tanto de lo mismo, nuestros baremos cambian.
A muchos les sigue atrayendo esa sensación de pertenencia al grupo, venga o no acompañado de una cierta calidad, ya sea emocional o de conformidad con lo que no termina de llenar, pero que como adaptación al medio asegura casi al cien esos fines de semana en compañía, y unas agendas más o menos cubiertas en lo que a la cuestión social se refiere.
Cuántos de nosotros no nos hemos sentido alguna vez como meras copias de papel en manos de fechas programadas al estilo bursátil.
El mismo tono aséptico con el que bombardean estas que se autodenominan amistades, que aparecen envueltas en papel de regalo cibernético, amor al más puro estilo virtual y deseos que se disipan al apagar una pantalla a golpe del endiosado clic.