Su nombre real no tiene mucha importancia, le llamaremos Ignaçi, para no dar lugar a especulaciones. Es reservado, varonil, y desprende un halo de dandy añejo que lo hace aún más interesante, si cabe, y la impresión de ser más seguro de sí mismo de lo que en realidad es. Nos une esa compatibilidad de caracteres tan opuestos como libres de artificios o costumbres que solo nacen entre quienes han de terminar compartiendo lecho. Y lo hemos compartido en alguna ocasión, paradojas de la vida; el hombre perfecto, mi hombre perfecto en gustos, aficiones, y amor por la misma independencia; entre nosotros jamás existirá más que una amistad pura y una camaradería propia de veinteañeros. Amore! Come vae? – el saludo habitual-. El jueves me recibe la marquesa de Tal para merendar en la torre de Girona. Como quien dice el viernes nos vamos de palillos* a la ruta de los vinos.
Es lo que tiene estar emparentado con la burguesía y su entroncado majestuoso, que siempre hay alguna merienda, o tarde de música, o charla agradable en la que participan personajes de lo más curioso y heterogéneo. Y yo tengo la suerte de tener a mi querido Ignaçi, al que por otro lado le encanta mi falta de corrección a la hora de besar, mantener el tipo y la lengua cerrada cuando estamos en su ambiente. Los dos disfrutamos como niños que hacen travesuras, dos arianos en cuerpos adultos que desdicen del resto. Algunos ya lo habrán intuido: Ignaçi, es homosexual, lo que revaloriza mi presencia frente a las féminas desesperadas que se desarman con las piruetas que ya traen ensayadas de casa para llamar su atención.